Votar para no crecer: los efectos de la polarización sobre la inversión pública y el crecimiento
Polarización política, inversión pública y crecimiento: una mirada desde la economía política
En los últimos años, dos tendencias avanzaron en paralelo en muchas economías del mundo y con especial fuerza en América Latina: un aumento sostenido de la polarización política y una desaceleración del crecimiento económico. Mi artículo titulado Voting not to Grow: the effects of polarisation on growth and public investment publicado en la Edición LV de la Revista Coyuntura Económica de Fedesarrollo, explora una conexión teórica entre la polarización política, una menor inversión en bienes públicos y un menor crecimiento económico.
La idea central es sencilla pero poderosa: a medida que aumenta la polarización en la sociedad, las personas con posiciones políticas distintas interactúan menos entre ellas. A medida que los votantes se alejan de campos electorales distintos a su campo propio, valoran menos el bienestar de aquellos que no pertenecen a su grupo electoral. Como resultado, en una democracia los incentivos para votar a favor de bienes públicos que beneficien a toda la sociedad se debilitan en la medida en que los votantes favorecen un gasto público destinado exclusivamente a su grupo electoral.
Por poner un ejemplo sencillo: imaginemos una ciudad donde de cada barrio se elige al azar a un representante para conformar el Concejo Municipal (si son 100 barrios, sería como si cada barrio tuviese 1 voto). Este representante valora el bienestar de su barrio (igual que todos los residentes de su mismo barrio) y en cierta medida también valora el bienestar de los otros barrios. Cuando la polarización es baja, le interesa interactuar con residentes de otros barrios y al generar lazos, le importa también el bienestar de sus conciudadanos de barrios distintos.
Pero cuando la polarización es alta entre barrios, a los ciudadanos no les gusta interactuar con residentes de otros barrios, a pesar de vivir en la misma ciudad.
Una cosa adicional: los ciudadanos trabajan e invierten en el sistema financiero. De su trabajo obtienen un salario con el cual pueden consumir o ahorrar, y de sus ahorros del año pasado obtienen unos rendimientos financieros obtenidos de lo que las empresas pagan por alquilar las máquinas con las cuales producen los bienes de consumo. Esta es una economía circular, los hogares dan su trabajo y ahorros y reciben su salario y el rendimiento de sus ahorros. Entonces, mientras más productiva sea la economía y mayor sea la acumulación de capital privado, aumenta la producción total de nuestra ciudad.
Hasta acá, todo súper y muy estándar. Entonces, su felicidad total viene de lo que consumirán en toda su vida (mientras más ahorran hoy, más ricos serán mañana, entonces mayor su bienestar total, descontando por su grado de impaciencia).
Esto es clave: también obtienen felicidad de los parques públicos, donde pueden jugar fútbol, correr, sentarse a tomarse un tinto. Pero hay un problema: para financiar los parques, deben pagar un impuesto de renta sobre sus rendimientos financieros.
Supongamos ahora que el Concejo Municipal solo puede gastar los recursos de los impuestos que recauda por igual a todos los ciudadanos en 100 parques (uno para cada barrio) o en un metro que conecta todos los barrios por igual. Lo primero es un gasto corriente: por sí mismo no mejora la productividad de la economía, pero sí hace más felices a los ciudadanos de cada barrio. Lo segundo es un gasto de inversión: aparte de ser demorado, mejora la productividad en el futuro, con la cual la ciudad se enriquecerá y así el bienestar futuro de los ciudadanos es mayor.
Entonces, los concejales (recuerden, es uno elegido al azar por barrio) se reúnen en la legislatura al inicio de cada año y tienen que debatir en la composición del gasto público:
¿Cuál va a ser la tarifa del impuesto de renta? Esto afecta los incentivos al ahorro privado y determina el costo que deben pagar las empresas para financiar su capital productivo.
¿Cuántos parques (o cuánto gastar) en cada uno de los 100 barrios? Recuerden, este es un gasto corriente: nos hace más felices hoy, pero no hace a las empresas ni a los trabajadores más productivos.
¿Cuánto destinar del presupuesto a la inversión pública? Construir un metro toma tiempo (si no me creen, pregúntele a los bogotanos), pero una vez operativo, la ciudad se vuelve más productiva. En una ciudad más productiva, producimos más, pagamos más impuestos y en el futuro podremos tener más recursos para consumir más y construir más parques.
Mi artículo modela este problema de economía política para explicar cómo a medida que aumenta la polarización política, a los ciudadanos no les interesa el bienestar de los votantes de campos distintos. Esto resulta en que los votantes van a priorizar el gasto corriente específico para mi grupo electoral, y como todos los votantes tienen el mismo incentivo, un resultado racional de economía política lleva a que se sacrifique la inversión pública a favor del gasto corriente.
En nuestra ciudad sería como si los ciudadanos ahora solo votaran por un mayor nivel de parques para la coalición ganadora (si eres opositor, no te construimos parques, de malas). A medida que aumenta la polarización, solo nos interesa que construyan parques en mi barrio y no me interesa que los haya en otros barrios. ¡Pero todo el mundo piensa igual! ¡Entonces en una democracia, los votantes racionalmente votarían a favor de reducir la inversión pública!
El resultado, a medida que aumenta la polarización política, se fortalecen los incentivos a favor de la “mermelada”: es el basto corriente con objetivos electorales específicos y se sacrifica la inversión pública. Puede que en el muy corto plazo haga a la coalición ganadora más feliz, pero a medida que pasa el tiempo seremos menos felices, menos productivos y creceremos menos.
De eso se trata mi paper (link: https://www.repository.fedesarrollo.org.co/handle/11445/4863), muy invitador a leerlo y comentarios bienvenidos.
Para formalizar este argumento, el artículo desarrolla un modelo de economía política dinámica en el que legisladores, elegidos por distritos electorales abstractos, negocian la composición del presupuesto bajo reglas de mayoría. El gasto público se divide en dos componentes: inversión pública, que impulsa el crecimiento de la productividad con rezagos, y bienes públicos distritales, que aumentan el bienestar presente pero no afectan el crecimiento. La polarización se modela como una menor valoración de los beneficios que el gasto dirigido a otros distritos genera sobre el propio bienestar.
El resultado clave es que una mayor polarización inclina el equilibrio político hacia una sobreprovisión de gasto corriente y una subprovisión de inversión pública. Dado que ambos tipos de gasto compiten por los mismos recursos fiscales, la inversión, cuyos beneficios son difusos y se materializan en el futuro, pierde frente a transferencias y proyectos con retornos políticos inmediatos. Como consecuencia, el crecimiento económico se reduce de manera persistente.
El modelo también permite analizar cómo las reglas de votación influyen sobre estos resultados. Sistemas con mayores exigencias de consenso tienden a internalizar mejor los beneficios agregados de la inversión pública, mientras que reglas de mayoría simple o entornos altamente fragmentados refuerzan la lógica del gasto focalizado. Desde el punto de vista del bienestar agregado, la polarización reduce el bienestar en todos los regímenes políticos, aunque la magnitud del efecto depende de las instituciones de decisión colectiva.
El mensaje normativo es claro: la polarización no solo tiene costos políticos o sociales, sino también costos macroeconómicos de largo plazo. Al erosionar los incentivos para invertir en bienes públicos productivos, la polarización termina afectando el crecimiento, el bienestar y la sostenibilidad fiscal. Reducirla o diseñar instituciones que mitiguen sus efectos es una condición clave para recuperar una senda de crecimiento más robusta.
En suma, este trabajo aporta un marco teórico que ayuda a interpretar por qué economías cada vez más polarizadas tienden a invertir menos y crecer menos, incluso cuando el tamaño del Estado no necesariamente disminuye. El problema no es tanto cuánto se gasta, sino en qué se gasta, y la polarización juega un papel central en esa elección.
15 de diciembre de 2025


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