El dilema del prisionero que puede costarle la presidencia a Valencia
La teoría de juegos explica por qué Valencia y Oviedo tienen todos los incentivos para no llegar a un acuerdo, aunque ese acuerdo sea lo mejor para ambos. Spoiler: no me gusta el resultado.
The First Council of Queen Victoria por Sir David Wilkie (1837), vía el Royal Collection Trust del Kensington Palace
La gran sorpresa de las consultas interpartidistas no fue el resultado de Paloma Valencia ni el fracaso de Claudia López. Fueron los 1,3 millones de votos de Juan Daniel Oviedo, casi el doble de los que obtuvo López. Este resultado les generó a los analistas políticos la siguiente pregunta que estuvo en boca de todos: ¿puede Valencia convencerlo de ser su fórmula vicepresidencial? La respuesta que da la teoría de juegos es, palabras más palabras menos, desalentadora: probablemente no.
Un poco de contexto. La Gran Consulta sacó más de 5,8 millones de votos (superó el umbral de éxito por 0,8 millones) y Valencia obtuvo más de 3,2 millones de esos votos. La Consulta de las Soluciones de López, en cambio, no llegó al millón y se considera un fracaso según los umbrales analizados por La Silla Vacía. La sorpresa de la jornada del domingo fue el resultado de Oviedo: con más de 1,2 millones de votos dobló a López, sacó un poco más de 1/3 de los votos de Valencia y se posicionó como el candidato de centro mejor ubicado para disputarle ese electorado a Sergio Fajardo.
Ese resultado le cambió el mapa electoral a Valencia: Oviedo es el único que puede ampliarle significativamente la base más allá del Centro Democrático. El problema es que los dos llegaron a la mesa con "líneas rojas" incompatibles. Oviedo declaró en los días siguientes a las elecciones que la implementación de los acuerdos de paz de 2016 es innegociable para él (justamente uno de los temas más difíciles de tragar para las bases del Centro Democrático). Valencia, por su parte, dejó claro que no va a moverse de los principios de su partido. Cuando dos actores anuncian sus "líneas rojas" antes de sentarse a negociar, suelen cumplirlas, no por convicción, sino por cálculo.
Esta situación es lo que en teoría de juegos se llama un dilema del prisionero. Dos jugadores deciden simultáneamente si cooperan o no. Si ambos cooperan, los dos ganan. Si uno coopera y el otro no, el que no cooperó gana más y el que sí cooperó sale perdiendo. Si ninguno coopera, los dos pierden. Lo paradójico es que, aunque la cooperación sería lo mejor para ambos, cada jugador tiene incentivos individuales para no cooperar, y eso termina produciendo el peor resultado colectivo. Eso es exactamente lo que enfrenta la dupla Valencia-Oviedo.
Pongámonos en el lugar de Oviedo. Si Valencia cede en los acuerdos de paz, él puede elegir entre ceder también (y llegar como fórmula a una candidatura con vocación de mayoría), o no ceder y salir de la negociación como un líder de centro, con capital político fresco para lanzarse a la Alcaldía de Bogotá en dos años. Ceder le da un cargo; no ceder le da un proyecto político propio (y probablemente la alcaldía en el futuro). Si Valencia no cede, el dilema es más sencillo: ceder significaría retractarse de una "línea roja" que ya anunció en público, perder credibilidad ante el electorado de centro y quedar subordinado a un programa que contradice lo que acaba de defender. No ceder, en cambio, le permite consolidar ese liderazgo y mantener intacto su capital político para la alcaldía. En los dos escenarios la estrategia dominante de Oviedo es no ceder.
Hagamos el mismo ejercicio con Valencia. Si Oviedo cede, ella puede ceder también (aceptar algún grado de compromiso con los acuerdos de paz) o no ceder y quedarse con una fórmula vicepresidencial que ya cedió (así sea parcialmente) sus principios. Ceder implica alejar al ala más conservadora del Centro Democrático, exactamente el sector que Abelardo de la Espriella está cortejando con la elección de José Manuel Restrepo como su fórmula (una señal clara de que De la Espriella podría ser más moderado de lo que mucha gente espera y una invitación directa a que los votantes conservadores del Centro Democrático voten por esa dupla).
Si pierde la presidencia tras haber concedido, Valencia paga además el costo interno ante las bases de su partido de haber cedido ante alguien que sacó un tercio de sus votos. Si Oviedo no cede, sus incentivos son aún más claros: ceder sin reciprocidad sería lo peor de los dos mundos. Pierde la base conservadora y no gana la base de centro. No ceder, al menos, le preserva sus bases y apoyo del Centro Democrático. La estrategia dominante de Valencia también es no ceder.
Cuando dos jugadores tienen estrategias dominantes idénticas, el resultado es lo que la teoría llama un equilibrio de Nash: cada uno juega su mejor respuesta dada la estrategia del otro y nadie tiene incentivos a desviarse unilateralmente. El problema es que ese equilibrio (ambos no ceden y Oviedo no acepta ser fórmula) es peor para los dos que si hubieran cooperado. Una dupla Valencia-Oviedo con un acuerdo moderado sobre los acuerdos de paz habría capturado votos del centro, la centroderecha y una fracción de la derecha que no se va con De la Espriella. Sin ese acuerdo Valencia compite con una base más estrecha, De la Espriella captura al electorado conservador con el voto táctico contra Cepeda y Oviedo gana protagonismo, pero renuncia a la posibilidad de llegar al gobierno nacional.
Este es un ejercicio simplificador de la realidad: puede haber conversaciones que no conocemos, presiones de terceros o cálculos de largo plazo que cambien el resultado. Pero la teoría de juegos sí permite ver con claridad una cosa: cuando dos políticos racionales llegan a una negociación con posiciones públicas incompatibles y horizontes temporales distintos, el acuerdo no es el resultado más probable, aunque sea el más deseable. Si Valencia y Oviedo terminan sin llegar a un acuerdo, no va a ser por falta de voluntad o por “pensar en el futuro del país”. Va a ser porque los incentivos, tal como están estructurados hoy, apuntan exactamente en esa dirección.




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